No hay un sendero marcado para seguir. Aun así vas creando tu propio camino con la intuición como guía.

Llegás a un claro bañado por una laguna espejada en estado de sosiego absoluto. Al acercarte, ves tu figura sobre la superficie cristalina, que sin querer te hace meditar por un momento.

De la reflexión nace el deseo de sumergir tus manos. Estirás los brazos con parsimonia. Durante el contacto con el agua notás que esta es menos densa que el aire. No te moja. No sentís calor ni frío. Tampoco miedo.

La Lucila del reflejo plasmada en perfecta simetría con tu imagen pareciera invitarte a entrar.